|
|
| LA VOCACIÓN DE SANTA MARÍA - Lc.
1, 26-56 |
Nazaret era una aldea insignificante
en el país de Palestina, rodeada de un campo relativamente fértil, resaltando el valle del Esdrelón.
Aquí vivía María. ¿Tendrá catorce o quince años?
En la costumbre de Israel a los doce años de edad cualquier mujer era considera núbil, apta para
el matrimonio.
A partir de ese momento, según las costumbres de aquellos tiempos, el padre de familia entregaba a su hija
"en esponsales".
Con la ceremonia de los "esponsales", la muchacha quedaba prometida, incluso comprometida, pero no casada.
Diríamos hoy que era novia. Entre los esponsales y el casamiento propiamente tal solía haber un intervalo
de doce meses.
Los esponsales, aunque no permitían que los novios cohabitasen hasta el día del matrimonio, originaban
un verdadero vínculo jurídico, de tal manera que la ley consideraba al novio "señor"
de la prometida.
En esta situación se encuentra María: "desposada con un hombre llamado José".
Y es aquí, cuando interviene la presencia de Dios. Porque a Dios le ha resultado "encantadora",
"llena de gracia" (Lc 1, 26 – 38).
A María se le anuncia que va a ser Madre del Libertador de Israel. Aquella esperanza que se había
ido gestando a lo largo de los siglos desde Abrahám, se iba a cumplir en ella, una pobre e insignificante
muchacha, de un pobre e insignificante pueblo perdido en el Imperio Romano.
Va a ser madre del Salvador por obra de Dios porque Él lo ha querido así.
Podemos entender la "situación vital" de María en el momento de la anunciación.
Se le había hecho una propuesta y ella tenía que responder.
Según como sea su respuesta se desequilibrará la normalidad de su vida. Si la joven responde que
no, su vida transcurrirá tranquilamente, sus hijos crecerán, vendrán los nietos y su vida
acabará normalmente en el perímetro de las montañas de Nazaret.
Si la respuesta es afirmativa, arrastrará consigo serias implicaciones. Tener un hijo antes de casarse implica
para ella el libelo de divorcio de parte de José, ser apedreada por adúltera, quedar socialmente
marginada y marcada con la palabra más ofensiva para una mujer en aquellos tiempos: "harufa",
la violada.
María no calcula, ni mide; se fía. "Hagase en mí según tu palabra; he aquí
la esclava, la sierva del Señor". Confía y se entrega.
María fue la mujer que dio su sí a Dios y luego fue fiel a esa decisión hasta las últimas
consecuencias y hasta el fin de sus días. Fue la mujer que extendió un cheque en blanco, la que abrió
un crédito incondicional a su Señor.
En el "hágase" de María hay encerrada una entrega sin reservas ni limitaciones.
Con su "hágase", María ha dicho que sí a la noche de Belén, sin casa, sin
cuna, sin matrona; sí a la fuga a un Egipto desconocido y hostil; sí al silencio de Dios durante
treinta años; sí a la hostilidad de las sanedritas; sí, cuando las fuerzas políticas,
religiosas y militares arrastran a Jesús, a la crucifixión ya la muerte; sí a todo cuanto
el Padre disponga o permita, María con su "hágase" entra de lleno en la corriente de los
Pobres de Dios, los que nunca preguntan, cuestionan o protestan sino que se abandonan en silencio y depositan su
confianza en las manos de Dios.
El Evangelio de Lucas contrapone la fe y las actitudes de María y Zacarías.
A Zacarías se le anuncia que ellos, un matrimonio de "edad avanzada", van a tener un hijo (Lc
1, 17).
A María se le anuncia que "sin conocer varón" germinará en su seno a la sombra
del Espíritu Santo, un hijo que será grande y su reino durará por los días sin fin
(Lc 1, 33).
Zacarías, sacerdote, no cree. Es imposible, dice. Yo soy un viejo, mi esposa es también de edad avanzada.
No estamos en tiempo de procrear. En todo caso, dame una señal de que todo sucederá (Lc 1, 18).
María no pregunta, ni duda, ni exige garantías. Es la actitud de los "pobres de Yahvéh".
María, contra toda esperanza y contra toda evidencia se entrega en medio de una completa oscuridad. (Lc
1, 38).
Zacarías por no creer en la palabra de Dios, queda mudo hasta el nacimiento de Juan.
María, por haber creído, se transforma en la Madre de Jesús, en la mujer bendita y bienaventurada.
Y una vez que María ha captado el Misterio de Dios, una vez que el "sí", ha liberado en
ella todas las energías liberadoras de Dios, María expresa, en un canto, su interior: El Magníficat.
Y María dijo:
"Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,
porque se ha fijado en su humilde esclava.
Pues mira,
desde ahora me felicitarán todas las generaciones
porque el Poderoso ha hecho tanto por mí
él es santo
y su misericordia llega a sus fieles
generación tras generación.
Su brazo interviene con fuerza,
desbarata los planes de los arrogantes,
derriba del trono a los poderosos
y exalta a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide de vacío.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose,
como lo había prometido a nuestros padres,
de la misericordia
en favor de Abrahám y su descendencia,
por siempre. "
(Lc 1, 46-55)
El "Magnificat" es la palabra de María: "palabra verdadera", porque "sale
de la abundancia del corazón" y nos revela un alma empapada en la palabra bíblica. Alma maravillosa,
capaz de condensar según el estilo semítico, en los versos de un poema, toda la carga tradicional
de una historia que en este caso es la historia de Israel.
María ha captado en su corazón la resonancia del misterio de Dios, que difiere del estilo de los
hombres, de ese plan de Dios que "ensalza a los humildes y humilla a los soberbios y poderosos."
Porque ha experimentado en ella misma el poder de este designio : "miró la pequeñez de su esclava";
ella que, a los ojos de los hombres, es simplemente una pobre muchacha de un pueblo pobre.
El creyente ha de estar dispuesto, como María, a entrar en el estilo de Dios, que no es el estilo de la
sociedad: en el estilo del Evangelio, que es pobreza, sencillez, humildad, riesgo, confianza, alegría, libertad,
presencia.
María, la creyente siempre fiel, esté siempre en medio de nosotros como entre
los apóstoles, atrayendo al Espíritu con la fuerza de su Corazón
|